La palabra heredada (fragmento)Eudora Welty

La palabra heredada (fragmento)

"Sus banjos de mástil largo colgaban de diversos clavos, en la pared, como abrigos y sombreros. Al entrar Carl y Mase cogieron sus banjos, se sentaron el uno al lado del otro y comenzaron a tocar. Esto lo recuerdo de mi primera visita; hasta ahora casi lo había olvidado. Al tocar juntos se revelaban como almas gemelas. Cuando yo tenía tres años, grité: «¡Pero si son dos Carls!». Cantaban perfectamente al compás, al unísono, «Frog Went A-Courting and He Did Ride».
Aquel ritmo que evocaba los tambores, surgido sin aparente esfuerzo, oído en doblete, habría supuesto un reto para cualquier niño. Su repertorio constaba de baladas country e himnos evangélicos. Mi madre les regañaba, les suplicaba que parasen, pues yo me negaba a irme a la cama mientras la música continuara sonando. «Venga, Hermana, deja que la niña oiga una canción más», y una sola canción se estiraba sin que ambos perdieran el ritmo al pasar, como quien no quiere la cosa, a otra melodía más tranquila.
A los chicos también les gustaba cantar juntos, los cinco a la vez, sin acompañamiento. Gus, el más gordo, de pecho más ancho y fornido, dominaba a los demás con una voz de bajo que parecía brotar directamente de sus pies. Aquellos viejos himnos con los que se habían criado, estribillo tras estribillo, estallaban cada vez más clamorosos, sobre todo cuando los cantaban fuera de la casa. «Rueda, Jordán, rueda» colmaba el aire a su alrededor, y la melodía les era devuelta a andanadas por el eco de las montañas, como si la naturaleza misma la poblaran —con generosidad— cantantes como mirlos sobre una tarta, a la espera de una canción que les diese entrada.
No creo, hoy, que mi madre pensara en su padre de manera distinta de como lo vio cuando era una niña pequeña, porque no vivió mucho más. Todo lo que yo conocí sobre él me fue transmitido por medio de esa percepción infantil e incorregible: la mitad un sueño adorable, la mitad el recuerdo brutal de su muerte, la parte de la vida de él que ella, por sí sola, era la única capaz de contar. Sus hermanos eran todos demasiado pequeños como para guardar un recuerdo claro de él; lo que mejor recordaban eran sus canciones, y lo homenajeaban al evocarlas, aparte de contar cómo añadía versos y más versos a «Where Have You Been, Billy Boy?», embutiendo sus propias morcillas de acuerdo con la melodía. Conservaban cuanto se decía sobre él, aparte de lo que identificaban en su madre.
¿Qué pensaba mi padre, Christian Welty, de todos estos cuentos que mi madre le contaba de su padre? Nunca lo supe. Mi padre representaba justo lo contrario que mi madre: equilibrado, reticente, dotado de un gran dominio de sí mismo, deseoso de mostrarse paciente si tal fuera la necesidad y, en todas sus palabras, objetivo y ponderado. Antes de que nacieran mis hermanos, cuando mi madre y yo viajamos solas en tren, mi padre nos esperó al término de nuestra visita para acompañarnos de la mano en nuestra vuelta al hogar. Tal vez esto lo recordase sin comprenderlo del todo, aunque tampoco mi edad me impedía notar —y recordar— cómo cambió todo cuando mi padre entró en escena. Se produjo una diferencia en todos nuestros actos: el aire había cambiado.
Lo cierto es que mi madre y yo éramos las únicas que nos moríamos de ganas por reencontrarnos con él. Él ganaba en edad a los hermanos de mi madre —tenía seis años más que Chessie, la hermana mayor— y era además un yanqui, pero con el tiempo conocí la verdadera razón de aquella elegante distancia que imprimieron a la bienvenida: desde que les visitó por primera vez a cortejar a mi madre, todos supieron que solo regresaría para arrebatarles a su hermana.
En esa casa, justo, se celebró el matrimonio de mis padres. "



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