Soledad (fragmento)Víctor Català

Soledad (fragmento)

"En ninguno de los corros aquellos faltaban los correspondientes chiquillos, que campando por sus respetos y chillando a más y mejor, o se revolcaban por el suelo, o se entretenían, hartos ya de comer, en acariciar a sus madres restregándoles por el rostro los deditos llenos de pringue, o andaban, en fin, enredando por todas partes con su charla sempiterna.
Junto a cada uno de los grupos aquellos, se veía el correspondiente carro en una de cuyas varas, apoyadas en el suelo, aparecía atado, bien un caballo, bien un asno, con la cabeza inclinada sobre el indispensable serón lleno de paja o de alfalfa. De vez en cuando levantaba el animal el testuz, y después de permanecer un momento como pensativo, contemplando aquella insólita animación con los negros ojazos preñados de recónditas meditaciones y el belfo adornado con colgantes briznas y humedecido por el propio aliento, volvía a bajarlo para seguir con filosófica indiferencia rumiando los resecos tallos y aventándose con la cola las tenaces moscas, impasible ante el general desenfreno y el bullicio, cuyas impurezas alumbraba un espléndido sol propio de un día de mayo.
Entre el barullo y aprovechándose diestramente de las debilidades que suele traer consigo la digestión de una buena comida, pululaban una infinidad de mercaderes ambulantes; un forastero bizco que cargado con su correspondiente caja andaba vendiendo leontinas, botonaduras baratas y tirantes de goma elástica y lápices y carteras de bolsillo; la mujer de las avellanas tostadas, con su carita de manzana colorada y rugosa y el cuerpo encorvado bajo el peso de su cesta de caña repleta de sabrosas bolitas, que según iba andando sonaban como cascabeles; el vendedor de anises de los gordos y de caramelos, que expendía metidos en su cucurucho los primeros y medio derretidos en su envoltorio de papel lleno de porquería de moscas los segundos; el naranjero que pregonando con voz vibrante su mercancía iba gritando: «¡Dulces como la miel!,» mientras con la mano en alto enseñaba por vía de muestra una dorada naranja redonda como una bola; el cafetero de Muros cargado con sus botellas de jarabe y de gaseosa… Procurando cada uno por su parte aparecer a cual más listo e insinuante y deshaciéndose todos en cumplidos, de tal suerte iban acosando a todo el mundo, que no parecía sino que fueran despertando a su paso una tentación irresistible, un verdadero y contagioso prurito de comprar algo. "



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